Resumen
“Todos nosotros podemos educarnos con Schopenhauer en contra de nuestro tiempo,” decía el joven Friedrich Wilhelm Nietzsche en una de sus obras del período de Basilea, Schopenhauer como educador, a la sazón ordenada después como la tercera de sus Consideraciones intempestivas. Y añadía: “porque a su través podemos conocer realmente este tiempo”. A la vista de lo que vino después en Europa en aquella época finisecular a caballo de los siglos XIX y XX, bien podría decirse que sus palabras sonaban a premonición. Porque, en efecto, en aquellos años marcados por el signo indeleble de la crisis, la obra de Schopenhauer —y la de Nietzsche— se difundió como una mancha de aceite en el convulso campo cultural europeo. Su penetración no fue académica, desde luego, sino que tuvo lugar a través de los intersticios de un debate abierto en el más general campo de la cultura, donde operaban artistas e intelectuales en respuesta a las demandas urgentes de un tiempo que se representaba a sí mismo con imágenes de crepúsculo y vencimiento.
