Resumen
Los lectores de Nexofía y La torre del Virrey están en deuda con Víctor Peláez por haberles descubierto a Jorge Cuesta. No es que Cuesta fuera un desconocido: la historia de la literatura es tan generosa como inmisericorde y acaba por registrarlo todo con la indiferencia de un notario. Que el olvido hubiera sido preferible es algo que Cuesta, sin duda, habría defendido; de hecho, muchos dudaban en vida que existiera. Ahora que lo podemos leer o volver a leer en este volumen —apagadas las polémicas literarias, archivadas las historias, perdonadas las ofensas—, querría proponer algo imposible: que lo escucháramos, que descubriéramos, como decía, que Cuesta fue menos un escritor, y fue un escritor muy grande, que un hombre que hablaba aún mejor que escribía —Louis Panabière lo sugiere con prudencia— y que cada uno de los escritos recogidos aquí y en cada uno de sus géneros, de la poesía al ensayo, conserva el tono, el sonido de las palabras aladas de Homero. Hay escritores que hablan cuando escriben y que condicionan así la escritura callada de los demás: no solo la historia de la literatura, sino la literatura misma puede ser una costumbre, si no una inercia e incluso una superstición cuando se pierde el aliento, el espíritu de la vida. Oyendo a Cuesta podemos recibir —lo diré con uno de sus títulos más hermosos— “la enseñanza de Ulises”.
Antonio Lastra.
