Resumen
Los primeros filósofos jonios, si acaso ellos, tuvieron enfrente la naturaleza. Gozaron del privilegio propio de los inicios de la terrible soledad ante la cual el mundo se les ofrecía apenas poblado de significaciones. Tan solo los agotados mitos organizaban ese paisaje casi virgen que se ofrecía a la razón. Después todo cambió, y ese acceso directo, sin apenas mediadores, prístino y a una torpe, como todo inicio, a esa realidad que se abría y oponía a la razón se perdió por su propia obra. Cada nuevo intento de acceso recorría y obturaba los viejos senderos, y abría otros nuevos; estos cada vez más dilatados y complejos, no pocas veces tortuosos, otras erráticos, las menos directos y luminosos.