Resumen
Pocas veces en la corta historia de nuestra democracia (aún más corta si la entendemos no sólo como forma de gobierno, sino como forma de vida y organización social que trasciende los hábitos de una concepción individualista de la misma), pocas veces, como decimos, se ha hablado tanto como ahora sobre sus propias virtudes y defectos, sobre sus posibilidades y limitaciones intrínsecas. La reflexión acerca de su debilidad congénita y su necesidad de ser constantemente corregida y mejorada con el objetivo de fomentar la responsabilidad de las personas en el desarrollo activo de la vida pública es inherente, por tanto, a la propia esencia de la democracia. En este sentido, la retórica se muestra como una herramienta imprescindible para el renacimiento de un humanismo cívico, reclamado hoy en día a plena voz desde todos los foros de nuestra sociedad hasta los más altos pedestales en los que se erigen aquellos que se consideran los únicos legitimados para ejercer la democracia y para diseñar las actuales políticas de educación. Pero, como señala el doctor Arenas-Dolz en su estudio preliminar, “educar ciudadanos auténticos no significa formar especialistas en una sola materia, sino apostar por un modelo de educación capaz de aunar prudencia y sabiduría, el cual encuentra en la tradición humanista –y en particular, en la retórica– una de sus mejores aliadas”.