Resumen
Cuando se me invitó a impartir la segunda Conferencia Conmemorativa sobre la fundación Arthur Davis, acepté con una disposición que bien podría haber sido atenuada con más modesto autocontrol y con un humilde sentido de mi insuficiencia para la tarea que se me ofreció. Pero sentí y siento profundamente el honor implícito en la invitación, y si los que me la brindaron tenían tanta confianza en mí que estaban dispuestos a pedirme, que no soy judío, que emprendiera esta tarea, no podía sino responder que trataría de justificar su confianza lo mejor posible.
Realmente puedo decir que la tarea es formidable, tanto que debería haberla rechazado si no hubiera fuertes incentivos que me instaran a seguir adelante. Las dificultades son obvias. Entre ellas, no es la menor que tengo que seguir el ejemplo del distinguido hombre de letras que ha impartido la primera de estas conferencias conmemorativas hace un año. Así que me pregunto con las palabras de Cohelet (Eclesiastés 2:12): “¿Qué hará el hombre que viene en pos del rey?” No puedo competir con él en el campo que de manera tan brillante ha hecho suyo y, de hecho, aunque pudiera, no entraría en tal rivalidad. Pero sigo su ejemplo al tratar de servir con toda lealtad a la causa por la que se han organizado estas conferencias y al honrar la memoria del hombre con cuyo nombre se las conoce. No tuve el privilegio de conocerlo, y sería de alguna manera una impertinencia para mí recitar sus alabanzas o hablarles de sus excelencias. En su memoria estas quedan atesoradas, y yo estoy fuera de ese santuario, sin entrometerme allí salvo para unirme a la plegaria de que “los justos sean recordados eternamente” (Salmos, 112:6). Dedico la conferencia que debo ahora impartir a su memoria y a la causa de la promoción de la verdad religiosa a la que sirvió en su vida.

