Resumen
Los que son más amados por dios, escribe Thoreau en su diario, mueren realmente jóvenes, pero no lo hacen hasta que su vida ha madurado y sus años son como los de un roble. El daguerrotipo que nos queda del filósofo de Concord, de 1856, muestra unas viejas facciones delineadas como la corteza del viejo árbol, y una frondosa barba canosa que se extiende sobre el mentón como sus hojas. Sus pensamientos florecen desde sus labios y se propagan por todo su cuerpo, toman movimiento, se ponen en marcha, quizá hacia Walden o el monte Ktadn; una ligera sonrisa se esconde tras la foto, y los enormes ojos miran el objetivo con amistosa serenidad, con cierta melancolía, con la ternura de alguien que ha escrito para la humanidad. Aquél día tenía 39 años, los mismos que Nietzche cuando empezó a publicar Así habló Zaratrusta y un año más que Heidegger con Ser y tiempo. Si comparamos la mirada de Thoreau con cualquier fotografía de Heidegger, nos hacemos la idea del sentido profundo de la filosofía como forma de vida; si lo hacemos con la inquietud de Nietzsche tras sus lentes, quizá nos acerquemos al significado de la ciencia jovial. Thoreau murió a los 44 años, a la misma edad que el trágico colapso de Nietzsche y con solo dos años más que Kierkegaard. Murió en paz, de tuberculosis, revisando sus obras póstumas. Dicen que su última palabra antes de morir fue indian. A Nietzsche le quedarían unos años más, abandonada la razón, bajo la siniestra tutela de su hermana.
