Resumen
El dios romano Jano (Ianus) miraba hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo, no como un ejercicio de nostalgia o de profecía, sino como una forma de comprender el presente: solo quien integra memoria y expectativa puede habitar con lucidez el ahora. En esa doble mirada hay algo profundamente humano. Vivimos siempre entre lo que fue y lo que deseamos que sea, intentando darle sentido a una grieta que nunca termina de cerrarse.
En Europa, durante siglos, la religión ocupó ese lugar de mediación. No solo ofrecía respuestas metafísicas, sino también un lenguaje común para el dolor, la esperanza, la culpa, el perdón y la pertenencia. Era una arquitectura simbólica que ordenaba —tal vez en exceso— el tiempo, los ritos de paso, la comunidad y la idea misma de trascendencia. Con la modernidad, muchas personas decidieron dejar atrás ese andamiaje. La razón, la ciencia, la política y el progreso prometieron ocupar su lugar. Se pensó que la religión era una etapa superada, innecesaria para una humanidad adulta.
Sin embargo, allí donde se retiró el relato religioso quedó un hueco que no siempre fue llenado con éxito.

